Fase de grupos.
Cabo Verde. como muchas veces sucede en el partido inaugural, fue un debut más complicado de lo que se pensaba. Los nervios iniciales y las dudas, a pesar de que existieron oportunidades, favorecieron que los africanos contuviesen muy bien el partido. De hecho, hicieron un papel sorprendente al mantenerse invicto en los tres partidos de la liguilla con tres empates. La sensación para España fue de cierta contrariedad, aunque sin llegar al nivel de las históricas derrotas frente a Corea del Sur en el Mundial de Estados Unidos 1994 o ante Suiza en el inolvidable estreno de Sudáfrica 2010. Así que el encuentro acabó 0-0 en el marcador.
Arabia Saudí. La reacción de la selección no se hizo esperar y goleó 4-0. España mejoró en circulación del balón y los extremos hicieron muy bien su trabajo. Es cierto que Arabia Saudí no pertenece a la élite del fútbol mundial, pero la victoria había que conseguirla sobre el terreno de juego. Dos goles de Oyarzábal, uno de Lamine y un gol en propia puerta representaron la primera victoria.
Uruguay. Se trató del partido decisivo para asegurar el liderato y coincidió con horario de madrugada en España (a las 02:00 horas). De la Fuente introdujo rotaciones en la alineación y España dio la sensación de que ya era una candidata seria a hacer un buen papel en el Mundial. Venció 1-0 y el gol fue marcado por Álex Baena. Con ese triunfo, la selección cerró la fase de grupos mostrando una clara evolución respecto al debut. La presión tras pérdida, el dominio del balón y la profundidad por bandas empezaban a convertirse en las señas de identidad del equipo.
Dieciseisavos de final contra Austria. Era la primera vez que se disputaban unos dieciseisavos de final en una Copa del Mundo, consecuencia directa de la ampliación del torneo a 48 selecciones. El dominio de la selección fue absoluto con 22 remates frente a 5, un 65% de la posesión con el doble de pases y demostró una importante solidez defensiva. España convencía a todos con un incontestable 3-0 exhibido en un doblete de Oyarzábal y otro gol de Pedro Porro.
Octavos de final contra Portugal. Este fue el primer encuentro de esta edición que vi en una pantalla grande. Fue una eliminatoria muy táctica en un partido muy atractivo, dado que se trataba de un siempre apasionante duelo ibérico. Además, se contaba en el rival con la estrella Cristiano Ronaldo. Se decidió por pequeños detalles, pues el empuje de los lusos fue importante y llegó el gol de Mikel Merino en el minuto 91 tras apenas cinco minutos que llevaba en el césped. Con ello se evitó ir a la prórroga y, por primera vez desde 2010, España llegaba a unos cuartos de final. Fue entonces cuando comenzó a instalarse la sensación de que esta selección podía aspirar realmente al título.
Cuartos de final contra Bélgica. Volvimos a reunirnos en el mismo lugar para seguir un nuevo desafío de la selección. España llevó la batuta buena parte del encuentro pero no fue nada sencillo. De hecho me pareció el más complicado, dado que recibió la selección el único gol en contra de todo el campeonato empatando una victoria que se había abierto con Fabián diez minutos antes en el primer tiempo. Así que los belgas obligaron a España a competir al máximo nivel. La personalidad del equipo y sus jugadores diferenciales asediaron la portería sin descanso hasta que, de nuevo, Mikel Merino hizo una vez más su magia marcando en el minuto 88 tras incorporarse tres minutos antes. En el formato de eliminatorias y al margen de la liguilla final de Brasil 50, España alcanzaba así las semifinales de un Mundial por segunda vez en su historia. La anterior había terminado con la conquista del título en Johannesburgo. Era imposible no ilusionarse: el sueño de la segunda estrella estaba ya al alcance de la mano.
Con la clasificación para semifinales, España se situaba entre las cuatro mejores selecciones del mundo. Había superado con autoridad todas las eliminatorias, encajando un único gol en todo el campeonato. Sin embargo, el reto definitivo aún estaba por llegar: primero esperaba Francia, una de las grandes favoritas, y después, si todo salía bien, una final que podía enfrentarla a la vigente campeona, Argentina.
Semifinales contra Francia. En este caso decidimos quedarnos en casa. Fue uno de los mejores encuentros en los que España mantuvo superioridad táctica y control del centro del campo. El encuentro se puso de cara gracias a un penalti cometido sobre Lamine Yamal que transformó en gol Oyarzábal. En la segunda parte, fantástica jugada puso el 0-2 favorable a los de De la Fuente por mediación de Pedro Porro. Desde entonces, el equipo anuló a Mbappé y supo contener a una de las selecciones favoritas al título que ya fue finalista en 2022 y conquistó el Mundial de 2018, por lo que aspiraba a su tercera final seguida. No fue así y la selección española conseguía materializar su segunda final mundialista.
La finalísima contra Argentina. La gran final celebrada en el MetLife Stadium de Nueva York acogió ayer el duelo entre la campeona del mundo y la de Europa. España formó de inicio con Unai Simón; Pedro Porro, Cubarsí, Laporte y Cucurella; Rodri, Fabián, Álex Baena y Dani Olmo; Lamine Yamal y Oyarzábal. Argentina respondió con Dibu Martínez; Montiel, Romero, Lisandro Martínez y Tagliafico; De Paul, Enzo Fernández, Mac Allister y Nico González; Julián Álvarez y Messi. En los cambios entraron Pedri, Ferrán, Nico Williams y Merino por España y Otamendi, Paredes, Medina, Molina y Giuliano por Argentina en los 90 primeros minutos. Esta gran final la vivimos primero en la plaza del Ayuntamiento de San Javier, donde el consistorio instaló una pantalla gigante para seguir el encuentro. El ambiente fue magnífico, con cientos de aficionados reunidos y una imagen que me llamó especialmente la atención: numerosos vecinos marroquíes animaban también a España durante el partido. Una muestra de cómo el fútbol es capaz de unir durante noventa minutos a personas de procedencias muy distintas.
Se mantuvo cierta igualdad durante la primera parte, si bien en la segunda pasó la selección española a disfrutar de más ocasiones pese a no tener acierto y muchos saques de esquina. El portero Dibu Martínez estuvo muy acertado mientras que Unai Simón no tuvo mucho trabajo al menos en los 90 minutos reglamentarios. Enzo Fernández fue expulsado por doble amarilla en el 93 y Lamine Yamal tuvo una ocasión de oro en una falta en el minuto 94, pero desvió el guardameta y el partido se fue a la prórroga con 0-0 en el marcador. El mismo destino que la final de 2010 contra Países Bajos cuando el campeón igualmente se decidiría en ese tramo. Con el empate a cero al término del tiempo reglamentario tuvimos que regresar a casa porque nuestros hijos ya se habían quedado dormidos. La emoción, sin embargo, estaba lejos de terminar.
Y si en Johannesburgo fue el minuto 116 cuando Iniesta marcó el gol decisivo, en Nueva York fue en el 106 cuando Ferrán coló por fin el esférico entre los tres palos de la meta Argentina. La celebración del gol fue tan intensa que incluso despertó a nuestra hija pequeña, de cinco años. Al principio se levantó bastante enfadada por los gritos, aunque enseguida se le pasó el enfado y terminó sentándose con nosotros en el sofá para vivir los últimos minutos de una noche que acabó siendo histórica.
A partir del gol, los argentinos llegaron en más ocasiones a la portería de Unai Simón pero la remontada que sí llegó para aquéllos en las eliminatorias contra Egipto e Inglaterra no lo hizo ayer y no hubo espacio para la lotería de los penaltis. Además, los argentinos comenzaron a ponerse nerviosos con un juego más bronco. Ni tan siquiera la anulación de dos goles más de España, el primero en el primer tiempo de la prórroga por una falta previa y el segundo tras el gol de Ferrán por un fuera de juego más que discutible, evitaron el resultado tan luchado y deseado. La selección española había conquistado su segunda estrella mundialista.
Apenas sonó el silbato final, miles de aficionados salieron espontáneamente a las calles de ciudades y pueblos de toda España para celebrar el título. Banderas, bocinas, cánticos y plazas repletas recordaron inevitablemente a las celebraciones de 2010. Una nueva generación había podido vivir lo que hasta entonces sólo conocía por vídeos e imágenes: ver a España proclamarse campeona del mundo.
Las claves del título
Este campeonato ha consolidado a Luis de la Fuente como un entrenador legendario y laureado en la historia de la Selección española de fútbol. Junto a los títulos arriba mencionados completan un palmarés extraordinario dos Europeos sub-21 en 2015 y 2019 y una Medalla de oro en los Juegos Mediterráneos de 2018.
Entre los jugadores, hay que destacar la robustez de una defensa casi inexpugnable con el portero del Villarral Unai Simón (con arriesgadas pero efectivas salidas del área de la portería), los centrales Cubarsí del Barcelona y Le Normand del Atlético de Madrid y los laterales Cucurella (del Chelsea y recientemente incorporado por Mourinho por el Real Madrid) y Pedro Porro del Tottenham. Especialmente estos titulares han construido un muro muy difícil de batir como pocas veces hemos visto e incluso me atrevería a considerarla como una defensa más sólida que la de los campeones de 2010.
En el medio del campo se ha contado con grandes jefes como Rodri del Manchester, Pedri del Barcelona y Fabián del PSG y desequilibrio por bandas con extremos como Lamine Yamal y Nico Williams del Barcelona y Athletic respectivamente. Es cierto que Lamine no ha estado al mismo nivel que la Eurocopa, que fue brillante, pero incluso su versión menos efectiva ha propiciado importantes jugadas.
Y por si fuera poco, la selección ha demostrado tener un importante fondo de armario con Aymeric Laporte del Athletic, Merino del Arsenal y qué decir con Ferrán Torres como el ejemplo más claro siendo el autor del gol decisivo. Porque esa ha sido la principal diferencia respecto a otras selecciones repletas de estrellas. Argentina tenía a Messi, Francia a Mbappé, Bélgica a Curtois y Portugal a Cristiano Ronaldo. Pero no tenían ni el muro defensivo de España, ni su medio campo y menos aún el banquillo preparado para todo. El resto de jugadores que completaron la convocatoria fueron en portería David Raya del Arsenal y Joan García del Barcelona, en defensa Grimaldo del Bayern Leverkusen, Marc Pubill y Marcos Llorente del Atlético y Eric García del Barcelona; centrocampistas Zubimendi del Arsenal (que salió en la prórroga) y Gavi del Barcelona y en punta de ataque Yeremi Pino del Cristal Palace, Borja Iglesias del Celta y Víctor Muñoz de Osasuna.
La segunda estrella no es solo un nuevo título para el fútbol español. Supone la culminación de un proyecto iniciado tras el Mundial de Qatar, consolidado con la Eurocopa de 2024 y elevado definitivamente a la categoría de leyenda en Norteamérica. España volvió a conquistar el mundo manteniendo una identidad propia basada en el dominio del balón, presión colectiva, talento joven y una extraordinaria capacidad competitiva. Dieciséis años después de Johannesburgo, una nueva generación escribió su propio capítulo en la historia del fútbol español.
No se me ocurre una mejor manera de poner punto final a este recuerdo de un campeonato inolvidable que dejando a continuación el himno oficial del Mundial 2026 interpretado por Shakira y Burna Boy, una melodía que desde ayer quedará para siempre ligada al recuerdo de la segunda estrella del fútbol español.








