domingo, 30 de marzo de 2014

Brescia y Bérgamo, dos caras de una moneda

Hoy voy a hablar muy brevemente de un viaje que realicé hace algo más de un mes a Brescia y a Bérgamo (Italia), por motivos de trabajo. Hace bastantes años ya había estado en ese país, concretamente en Venecia. Desde entonces han cambiado mucho las cosas, especialmente en lo referido al uso de la moneda. Para los coleccionistas, desde luego que ha sido un palo la desaparición de tantas monedas de la Unión Europea. Pero a su vez un reto encontrarlas.

Brescia es la capital de la provincia del mismo nombre, perteneciente a la región de la Lombardía y situada al norte de Italia. Su población se aproxima a 200.000 habitantes, por lo que vendría a ser de una extensión similar a Cartagena de España. Se encuentra en una zona industrial bastante rica y así por ejemplo existen bastantes empresas del sector de laboratorio químico y microbiológico, que fueron las que visitamos en nuestras tareas laborales los días que estuvimos allí. Es una ciudad que está bien, pero honestamente pienso que carece de potencial turístico. Como lugares de referencia está la Plaza de la República como centro de la ciudad, la plaza del Mercado, la de la Iglesia, el castillo y el palacio Loggia. Es una pena que los dos últimos no pudiera visitarlos, pues el tercero quedaba muy lejos de nuestra ubicación y el último lo encontramos cerrado después de pocos minutos. Pero no existía ninguna oficina de turismo y en el hotel nos dieron una simple página impresa de Google Maps. ¡Hasta dónde llega la crisis! En cuanto a lugares de ocio, cerca del hotel había un centro comercial: Freccia Rosa. Dos plantas y bastante grande, con muchas franquicias tanto para comer como para comprar ropa. Y no noté demasiada diferencia en los precios respecto a España.


Bérgamo está algo más cerca de Milán y en ella se ubica el aeropuerto de Orio al Serio. La parte más interesante es la zona alta, a donde llega el autobús o funicular con muchos turistas. Existen muchos edificios de necesaria visita como la Piazza Vecchia, la basílica de Santa María la Mayor, la torre Cívica (52 metros de altura) y la catedral. Un área amurallada (6 kilómetros y cuatro puertas de acceso) encierra el casco histórico de la ciudad y con muchos callejones por los que pasear, llenos de gente. Por supuesto, existen muchas tiendas de regalos, recuerdos y obsequios, algo que se convierte siempre en un punto obligado de búsqueda. En una confitería probé el dulce típico de la región, que me pareció sencillamente delicioso. Se trata del Polenta e Osei, que se trata de un mazapán amarillo con crema de chocolate, mantequilla y ron. Me quedé con ganas de comprar una o dos cajas, pero no lo hice por miedo a que los pesados del aeropuerto me lo denegaran por cualquier chorrada de seguridad o no llegasen en buen estado. Al final me arrepentiré y bien, porque tomar un Capuccino acompañándolo con un postrecito de estos sentó como una merienda estupenda. La parte baja es la moderna, más típica de una ciudad normal y corriente y por lo tanto menos atractiva turísticamente.

En cuanto al idioma, descubrí (por si había alguna duda) que los italianos nos dan mil vueltas a los españoles en idiomas. Casi todo el mundo sabe hablar en inglés y gran parte entiende el español (no tantos como parece). Pero el caso es que tuve que comunicarme mezclando palabras en español y en inglés, lo que sinceramente resulta bastante ridículo. Porque es lamentable no saber ni una palabra en el idioma local y tener que conversar en otros idiomas. Y es que conviene aprender algo del idioma antes de viajar, del mismo modo que muchas veces te das cuenta de que no sabes tanto como crees. Y allí tienen otra cultura. Ojalá en España nos esforzáramos todos más y exista pronto una educación hasta trilingüe si es posible. Pero sobre todo depende más de un esfuerzo personal.

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